Antes todo era más sencillo. Me refiero a cuando era niña, y mi abuela me cocinaba. El arroz era algo tan simple como el arroz.
La única excentricidad que conocí a los ocho años, fue el tener un colgante con mi nombre escrito en un grano de arroz. Un regalo de mis padres, adquirido en la feria artesanal de Necochea, durante unas vacaciones, que con el tiempo por supuesto quedó perdido en algún cajón.
Hoy, sus granos caminan separados, diversificados, y sus variantes son incuantificables: corto, medio, largo, aromático, salvaje, basmati, yamaní, koshami, integral, rojo, amarillo, verde, blanco, parboil, doble, vaporizador, brasileño, japonés, uf.. la cuestión es que existen actualmente diez mil variedades de arroz, según Wikipedia.
Y entonces me preguntó, ¿Cómo algo tan pequeño como como un grano de arroz, puede ser tan relevante? ¿Cómo algo tan insignificante como un grano de arroz puede servir para clasificarnos y medirnos? ¿Cómo puede transformarse en un pergeniado y despiadado, algoritmo? ¿Cómo puede dividirnos por clases sociales, hábitos de consumo, perfiles psicográficos, etnográfico, antropográficos y hasta patafísicos?
Y entonces me puse a pensar, ¿Por qué esta importancia, esta arrogancia y esta intolerancia que nos separa arroz mediante?
EVA MATARAZZO
